Mientras los EEUU defienden que "un bien cultural es una mercancía como cualquier otra", la mayor parte de los países en el mundo no están de acuerdo y afirman su apoyo a la diversidad cultural. La producción de obras audiovisuales, por ejemplo, es una industria que produce bienes negociables, tocando a los países tener reglas de comercio que hagan el tratamiento dado al cine semejante al tratamiento dado a cualquier otro producto.
En el centro de las discusiones relacionadas al empiezo de la ronda de Seattle, en 1999, la Secretaría del Audiovisual del Ministerio de la Cultura presentó un documento donde informaba dos posiciones, sintetizadas en los Estados Unidos y en Francia, y explicaba como las obras audiovisuales, a pesar de la necesaria defensa del principio de la diversidad cultural, no dejan de tener una característica de producto negociable (algo inevitable, por cierto, en la sociedad capitalista en la que vivimos). Por lo tanto, esas obras estarían, de todos modos, sometidas a las reglas generales de la OMC, que tratan de la circulación de mercancías.
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